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CUENTOS Y RELATOS

DELIRIO TOTAL

Delirios.

A veces, desde su extremo de la mesa, mira al marido y lo imagina muerto.
Quieto, dentro del traje a rayas de color indefinido, apenas parece respirar. Cenan casi en silencio.
Entonces Carmen se ausenta y lo imagina sin vida, con la misma compostura y los mismos movimientos medidos de siempre. El ataúd de madera oscura, el crucifijo de metal y el nauseabundo olor a flores casi podridas.
Andrés le hace una pregunta y ella responde con una sonrisa. No puede evitar sonreír ante la imagen del marido, siempre correcto, como debe ser, aún en la muerte.

Tenían en el comedor una reproducción en tela del café de Monmartre con el techo amarillo- naranja, las mesas redondas en la vereda y el cielo azul con grandes manchas fosforescentes. Le gustaba especialmente ese Van Gogh. Desde el primer momento, le había llamado la atención la figura en rojo, casi al fondo y en el centro: una mujer de espaldas, perdiéndose en la calle empedrada, ajena a todo el resto. Tal vez las mesas en primer plano la hubieran recibido con un café humeante, los pintores callejeros podrían haberle ofrecido algún retrato. Pero ella se alejaba implacable y pronto desaparecería de la vista, se hundiría en el túnel de sombras al final de la tela, en lo desconocido.
A Carmen esta idea le provocaba pánico. Se desdoblaba y se veía en esa calle oscura, más allá del manchón amarillo de los cafés iluminados, frente a un peligro que todavía no conocía, pero anticipaba con deleite morboso.

Mira al marido y repasa lentamente todos los momentos vividos. Las esperanzas del comienzo, la búsqueda del hijo que no llegó, los abrazos empecinados.
Tanto deseaba un hijo, que podía sentir desde ya ese contacto cálido con un ser indefenso, para protegerlo, darle calor y alimento, tenerlo junto a su pecho.
Pasó por dolorosos exámenes ginecológicos, tests, control de temperatura basal, conversaciones con sicólogos y apremiantes preguntas de madres, primas y amigas.
Andrés se mantenía alejado, indiferente al fracaso, como si no formara parte de esa lucha que sería recompensada por la llegada del hijo que daría sentido a sus vidas.
Creía que estaba por encima de todo eso, por su sola condición de hombre.
Cuando a Carmen se le acabaron las instancias, enfrentó a su marido. Desde su extremo de la mesa, se lo dijo: Ella era fértil.
Pero él se negó a cualquier examen, se alejó cada vez más. La dejó sola.
Entonces comenzó el odio.

Las reuniones de los jueves eran lo único que justificaba su existencia. Desde temprano, se preparaba para ser la primera en llegar, la más angustiada, la más ansiosa por encontrar al ser perdido. No llamaba la atención, no se distinguía por nada. Encontró su lugar en el grupo de los familiares, se sintió protegida.
Hablaba del hijo como si realmente existiera y esto le producía un oscuro placer. Las madres la escuchaban con comprensión. Inventó una fecha y un lugar creíbles, en la ciudad de provincia donde había pasado su infancia.
Esperaba en el bar, frente a la plaza, para verlas llegar, una por una, con miedo pero decididas a luchar por lo suyo. Entraban en la parroquia a distintos horarios para no llamar la atención.
Paró un ómnibus junto a la ventana y Carmen miró hacia afuera. Una mujer rubia, de rostro delgado y ojeroso, la miraba también.
Quedaron inmóviles. No sabía si ella podía verla a través del vidrio, y eso le daba una ventaja. Pero los ojos parecían observarla con atención.
Carmen sintió que la otra conocía su vida sin sentido, sus engaños.
“¿Quién es?”.
La mujer de Montmartre podía tener esta cara. Ahora podría pensar en ella con rasgos definidos. Cambió la luz del semáforo y el ómnibus arrancó.
Decidió que no iría a la reunión, que ya no volvería a mentir.

Prepara la cena con tiempo. El paquetito de polvo blanco está en el segundo cajón, entre restos de velas, corchos y otras cosas inútiles. Lo ha probado en la punta de la lengua y está segura de que no tiene gusto, no arruinará el minestrón que prepara. Está tranquila.
Ha comprado un vino especial para esta noche. Lleva los platos calientes y humeantes y se sienta frente al marido, sin hablar.

Mira por última vez el Van Gogh, y le parece que la figura se había desplazado un poco hacia la izquierda, como si hubiera dado un paso hacia el fondo oscuro de la tela. Queda un momento absorta, sin poder respirar, y aparta los ojos, con miedo.
Sí, se ha movido. Entonces, tiene la seguridad de que un día, la mujer de Monmartre seguirá su camino y ya no estará allí. Piensa que eso es lo que ella desea hacer; desaparecer para siempre en algún callejón oscuro, enfrentando el terror que le produce caminar sola de noche.
Lo mira comer y se siente vacía. Ya todo terminó. Está en paz. Levanta los ojos, le sonríe y come ella también, con gestos preparados, rituales.

Graciela Castellanos. 2006


DOÑA LAURA

Cada vez que escuchaba hablar de ella, no podía creer lo que oía. ¡Cómo sería llegar a los 80 años y no haber tenido nunca ni un gato!
Se puede tener un poco de miedo, sobre todo siendo vieja, es normal, pero doña Laura exagera su vejez. Y todo lo que se sabe de ella, en realidad, lo presumen los vecinos, que la han hecho protagonista de mil historias, algunas insólitas. Pero lo cierto es que muy rara vez sale a la calle.
Cuando sonó el timbre de mi casa, miré por la mirilla y la vi, paradita y muy tiesa frente a mi puerta, me pregunté- ¿Qué querrá de mí esta mujer?
Abrí, sorprendida. Iba vestida con una bata muy usada y calzaba unas pantuflas gastadas. Su pelo blanco estaba enmarañado.
Me miró, cómplice, -¿Qué hora es- preguntó en voz bajita.
Desconcertada, miré el reloj.
-Las dos y media… de la tarde- no sé por qué agregué.
-Gracias- dijo sonriendo. Y se fue.

CAROLINA MENAPACE


RAUL ALONSO
Se preguntó: ¿Qué querrá de mí esta mujer? La miró fijamente esperando que, después de haberse presentado, le dijera algo más para poder ubicarla. Le resultó claro cuando abrió la puerta, que no la conocía. Ahora la observó, mientras ella buscaba algo en la cartera, y no estuvo tan seguro, ¿no la conocía? Ese gesto, al inclinar la cabeza hacia un costado, concentrada en la búsqueda, y el pelo, oscuro y lacio que por el movimiento le caía sobre el ojo, ¿no la conocía? Se impacientó. Sólo le había preguntado si era Raúl Alonso y después se había puesto a revolver la cartera con vehemencia. Se impacientó pensando en el programa de televisión que veía todas las noches y que ya estaba por empezar y también en el plato de lentejas que tenía sobre la mesa y que seguramente se estaría enfriando. No estaba bien que alguien viniera a molestarlo a la hora de cenar y estaba por decírselo cuando la mujer levantó la cabeza y lo miró fijo.
-¿Raúl Alonso, de Paso de los Libres?- la pregunta resonó en el pasillo y pareció rebotar contra las paredes. El sonido de las voces del televisor le llegaba mezclado y se confundía con una voz interior que le dictaba que no, que no era él, que pudo ser, alguna vez, hace años, pero ahora no, que era peligroso admitirlo. ¿Qué querrá de mí esta mujer?, se preguntó otra vez, mientras la mano de ella se había aquietado dentro de la cartera y esperaba la respuesta con la mirada alerta. El escuchó su propia voz, autónoma de sí mismo –No, señorita, no soy yo, está equivocada.
La mujer le sostuvo la mirada por unos segundos, parecía desafiarlo a que dijera la verdad, después relajó la mano de a poco y mientras daba la vuelta para retirarse de la puerta, los dedos soltaron lentamente el revolver que había sostenido con fuerza.

IRENE FASSI


ANTES DEL SUEÑO

Me consume la ansiedad por volverte a ver.
Toda la vida buscándote, Raúl Alonso. Bah, decir “la vida” por no decir mi modo de vegetar, mirando cómo viven los demás. Aferrada a jirones deshilachados de otro tiempo y otro lugar, a retazos desteñidos de mi ayer adolescente.
Ya sos un hombre maduro. Cuando me veas, no me vas a reconocer. Yo a vos, sí. Fuiste “el hombre”. Seguís siendo mi obsesión. Estoy impaciente por mirar tu cara, tu cuerpo. ¿Qué habrá grabado el buril de la vida en esa cara fascinante, en ese físico viril? Si la obra no ha sido muy dañada, tendría que pensar en un Dorian Gray redivivo, listo para cobrar otra víctima. Te prevengo que voy a ir preparada para evitar que el cazador siga depredando. Yo, una pieza cualquiera de tu variada colección.
Lo que tengo entre las manos no es un juguete. Vas a tener que estar muy atento, Alonso. Lo encontré en un cajón olvidado del viejo escritorio de mi padre. Aquí está el cargador completo de la 22. No sé el lugar que ocuparé en tu lista, pero puedo llegar a ser la gran vengadora. Te juro que no me va a temblar el pulso.
Mañana, cuando quedemos frente a frente, tu exterior me contará algo que necesito saber: eso dará el veredicto.
Pero, ¿si te encuentro envejecido, con la cara estragada por el tiempo y la mala conciencia, con el cuerpo vencido, aunque luzcas como un hombre exitoso? No sé, no sé qué sería de mi andamiaje montado en el odio, el rencor, la angustia, el descreimiento. Ahí puedo vacilar. Es posible que me levante y me vaya. Tu existencia se habrá encargado de la venganza. ¿Qué sentido tendría matarte, si es que ya estás muerto?
¿Sabés una cosa? Se me acaba de ocurrir una idea loca, una esperanza loca: verte y borrarte entero como un mal sueño, de esos que uno entierra en lo más hondo del inconsciente. Pronto lo sabré.
Hasta mañana, Raúl Alonso.

ELSA BERNALES


UNA “F” DE DIFERENCIA

El zurdo dice que va a ser fácil. Si es verdad todo lo que me contó, este sí que se lo tiene merecido, aunque no sé, a veces exagera para que me tome el trabajo como algo personal. Qué importa, eso me ayuda, además es mucha guita.
El tipo debe ser pesado ¿Y si es botón? Este zurdo es capaz de todo ¿Si me está mandando al muere por el error de la otra vez?
Lo tengo que hacer. Si se llegan a complicar las cosas, agarro las diez lucas y me guardo dos meses en Colonia con la nena.
No tengo que dudar, aunque me lo recomendó dos veces no le voy a preguntar ni el nombre, toco los dos timbrazos, le digo que soy la rana, y ni bien abre la puerta, lo quemo.
El edificio tiene tres cuerpos y más de sesenta departamentos, en la puerta hay dos personas discutiendo, ella pasa indiferente oliendo el vaho a riachuelo que hay instalado en el hall. Saca un papel del bolsillo. Segundo cuerpo, Quinto, 34.
¿Y si no es en esta calle y es en otra con el mismo nombre? Porque en esta ciudad los nombres de los genocidas en las calles se repiten, además no anoté cómo se llama el fulano. ¿Era Alonso o Alfonso? No puede coincidir todo: la calle, el piso y el número de departamento; tiene que ser acá. En cuanto al nombre, no hay tanta diferencia entre uno y otro, se lo digo rápido y listo.
Sube por las escaleras. “No uses el ascensor”, había dicho el zurdo.
Camina con pasos cortos por el pasillo del quinto piso, 29, 30, 31. Desde la puerta 32 observa que la 34 está frente al ascensor y que hay luz.
Está, una sombra se mueve del lado de adentro. Frena, retrocede, duda y vuelve a mirar. Le tengo que preguntar el nombre, esta vez no puedo fallar, el zurdo dijo que si fallaba otra vez me metía tres balazos. Además dijo que era una prueba, que si lo hacía bien, el próximo mes me daba un trabajo de medio palo verde.
¿Cómo era, Alonso o Alfonso? Aa-loon-so, Aal-foon-so, pero es sólo una F de diferencia. ¿Puede ser que se complique tanto por una simple letra?
Mientras pasa la 33 saca del bolso un arma plateada, se para frente a la puerta 34, respira profundo y toca dos timbrazos. Nadie responde. No sabe qué hacer. Se da vuelta, mira el ascensor y piensa en huir. El zurdo me mata. Este error no me lo perdona. Ahora golpea dos veces. “Soy la rana”, dice asustada.
Alguien se mueve adentro.
“¿A quién busca?”, preguntan.
“Al señor Alfonso”, dice ella con el arma temblorosa en la mano.
“Acá no hay ningún Alfonso”, responden.
Entonces escucha una campanilla, su rostro se desencaja resignado, a su espalda se abre el ascensor, y desde la oscuridad del interior, asoma una mano izquierda con un arma, y suenan tres silbidos de silenciador.

CARLOS CAPOSIO


LA PATA

Vio muy distante su silueta inconfundible. Sabía lo que sucedería. Empezó a mover sus alas como para levantar vuelo y no poder por estar enferma o herida. Graznaba lastimosamente.
Su numerosa prole amarilla se dispersó impelida por el miedo. Buscaron refugio en el pajonal y entre las totoras caídas, quedándose muy quietos. Cesaron sus silbidos y esperaron.
La silueta fue convirtiéndose en un halcón. Su mirada penetrante había captado la escena de familia y hacia ellos dirigió su hambre. Al ver a la madre enferma creyó que sería presa fácil y más saciante. Siguió planeando en esa dirección.
Cuando su sombra caía sobre la pata, ésta salió como flecha en sentido opuesto al de su agresor. Ante un viraje imposible de realizar, sus garras sólo apresaron el vacío.
Y se alejó pesadamente cargando su frustración y hambre.

FLORENCIA URIBURU


ANSIEDAD

No le quedaba otro recurso que enfermarse, pensaba Pedrito, preocupado porque no se le ocurría nada.
No podía dormirse, la emoción de ese día lo sacudía. Vivía junto a su familia en el monte, a varias leguas de la escuela.
El padre se despertaba con el alboroto que hacían las calandrias sobre el techo del rancho, y antes de que el sol comenzara a calentar a la Pacha Mama, ya estaba trabajando. Su mamá cocinaba para el patrón de la estancia y con los pocos pesos que juntaba, compraba los útiles del colegio.
Tenía prohibido buscar excusas para no ir a la escuela, solo podía hacerlo si tenía alguna de esas enfermedades que tienen todos los chicos. Además le dijeron que tenía que ser un entendido para poder ser una persona de bien, no como su papá que la única herramienta que conoció era un hacha para talar monte ajeno.
La manera de llegar era caminando. Muchas veces lo hacía con los pies apenas cubiertos por unas sandalias usadas que alguien le había regalado y que no siempre eran de su medida. Durante las épocas de lluvia, o cuando las escarchas del crudo invierno cubrían el pedregoso sendero, se hacía más difícil su andar.
Pero cuando comenzaba ver flamear, sobre el cerro, la bandera que estaba en el patio de la escuela, quebraba el paso, quería llegar pronto.
Sabía que su maestra lo esperaba con tortas fritas y el bracero encendido para calentar sus manos y sus pies que apenas podían caminar, a punto de congelarse.
Sí, era su único recurso.
Por la mañana, se despierta y un dolor de cabeza le impide levantarse. Se acurruca entre sus cálidas mantas y esconde la cara.
Ayer fue su cumpleaños y le regalaron esa pelota que durante tanto tiempo había deseado tener.

GIOVANNA COMITIVI


LA GRIPE

No le quedaba otro recurso, que enfermarse.
Hacía dos semanas que su marido aquejado por una jaqueca terrible se negaba a abandonar la cama.
Todo comenzó un lunes a la mañana cuando él le dijo:
- Zulema, hoy andá vos a atender el negocio. Siento que me voy a engripar, me duele mucho la cabeza.
- ¿Te traigo una aspirina.?
- La aspirina, me destruye al estómago.
-¿Y un paracetamol?
Es lo mismo que nada…
La mujer no insistió, se vistió rápidamente, e hizo lo que le pidió su marido. Cuando regresó a su casa, entró al dormitorio y lo encontró en la misma posición en la que lo había dejado. Las cortinas no habían sido corridas, y un olor a aire viciado inundaba el cuarto.
-¿Cómo te sentís?
-Igual que a la mañana.
-¿Estuviste fumando?
-Me estás cargando, no ves que me siento mal...
Y así pasaron los días. Zulema, salía a trabajar, después preparaba el almuerzo que él devoraba apáticamente, sin dar muestra de interés. En una oportunidad, un tanto alterada, le preguntó: “¿Llamo al médico?”
-Esto se cura con cama. Nada más que con cama.
-Pero, hace casi dos semanas que estás acostado y no se te pasa.
-Lo que es la ingratitud femenina. Parece que te molestara que estuviera enfermo.
-No es que me moleste, pero, a lo mejor es algo grave.
-Por favor, lo único que falta es que ahora quieras que me muera.
Zulema, no dijo nada. Cerró la puerta del dormitorio. Fue a la cocina y se dejó caer en una silla. Entonces tuvo visiones. De pronto vio a su madre, ya difunta, que con un gesto de satisfacción y señalándola con el dedo índice, le increpaba:
- ¿No te decía yo, que ese tipo con el que te querías casar, era un vago?
Finalmente, mareada y descompuesta, se puso de pie y, con dificultad, llegó hasta el baño. Abrió la puerta del botiquín, sacó un frasco, puso bajo su lengua 30 gotas de un antiespasmódico y las tragó. Al rato, se sintió mejor. Entonces, volvió al dormitorio. Se quitó la ropa y se acostó al lado de su marido.

-¿Qué hora es Zulema?.
- Las 3 de la tarde.
-¿No tendrías que estar en el negocio?
-No, querido, me siento mal, creo que me contagiaste la gripe.

AMALIA AGOSTINELLI


SOLILOQUIOS Y DELIRIOS

EL CONSORCIO

¿Ustedes viven en casa de departamento? Consorcio, que le dicen, de qué consorcio me hablan, más de la mitad no nos conocemos, si en el ascensor hay un pasajero y alguien está entrando, te cierran la puerta en las narices y te dejan esperando otro viaje, los jóvenes dicen que el edificio es un geriátrico, razón no les falta “a la prueba me remito”, los viejos dicen que son unos maleducados; está el músico que se inspira a cualquier hora, los Fernández que pelean todo el día; los que hacen el amor y todos los linderos se enteran, algunos con envidia, otros con nostalgia. A los del 5° se le revientan los medidores, ¿vio vecina?, tantas ínfulas y no pagan las cuentas. Los perros que ladran, la puerta de la calle abierta, una verdadera delicia. De golpe se arma el tole-tole con el encargado. ¡Nos llevó al sindicato!, parece que debemos un montón, denuncia va, denuncia viene, telegrama llega, telegrama va y ¡OH milagro!, como nos tocan el bolsillo... conversamos y se hizo posible que nos uniéramos todos... pero no se hagan ilusiones, cuando arreglamos el pleito todo volvió a la normalidad y pudimos volver a disfrutar la felicidad de vivir en un consorcio.

NELLY PAMPIN



DESPERTARES

Su cuarto estaba situado en el piso de arriba de la casa.
Esa mañana se levantó alterada, oyendo murmullos de reclamos.
Apenas bajó los pies de la cama, el piso temblaba pidiéndole una urgente barrida.
Corrió hacia el baño y atónita, observó al dentífrico, cepillo, peine, maquillajes, saltando desesperados, suplicando volver a sus lugares.
Espantada bajó las escaleras a gran velocidad y corrió hacia el living.
Los cuadros la observaban desnivelándose de un lado hacia el otro.
Las teclas del piano sonaban sin cesar, querían volver a tener su color marfil.
Las luces se encendían y se apagaban insistentemente. El agua del florero burbujeaba hasta desbordarse con olor a moho. Las alfombras se sacudían esparciendo su polvo.
Ella, sin dar crédito a sus ojos y oídos, fue a la cocina en busca de un café. Introdujo la taza en el microondas y corrió al lavadero. Tomó todos los elementos de limpieza que cupieran en sus manos, y de regreso a la cocina, observó la vajilla de las alacenas y demás utensilios de los cajones, que se golpeaban entre sí.
Atormentada trató de huir hacia la calle, pero antes de salir, el césped furioso reclamaba un corte, las ramas de las plantas y arbustos, el riego.
Cerró la puerta con fuerza, entró a su casa nuevamente y escuchó el sonido del microondas.
Al tratar de correr hacia él, se despertó. La alarma del reloj no paraba de sonar.
Suspiró profundo, mostró una leve sonrisa. No fue más que una pesadilla.
Se dirigió al baño, se lavó la cara, acomodó su dentífrico, el cepillo, los maquillajes, bajó tranquilamente las escaleras, puso a calentar su café, se dirigió al lavadero, tomó todos los artículos de limpieza que pudo, y los dejó en el living.
Sonó el reloj del microondas , pero esta vez, ya no se despertó.

ISABEL MAXOUTIAN


LA AGUJA

Las manos con dedos ágiles y delgados, seguían un ritmo repetido, ilimitado, sin fin.
Durante todas las horas de vigilia, intentaba con la hebra de un carretel que en otro tiempo fuera rosa, enhebrar una delgada aguja inexistente. Su vida también se acercaba a la inexistencia, en ese continuo hacer inútil.
La repetición sin sentido la obligaba a enfocarse en la tarea, conseguía de ese modo la paz, llenando la nada, el vacío que tanto la asustaba.
Incesantemente, juntando el índice y el pulgar, se concentraba en insertar el hilo en la plateada aguja que no había. Tampoco estaba la tela -rosa- a ser cosida.
Plumetí rosa, su nena rosa...
Las aguas turbias del río la cubrieron mientras ella, con la última luz del día, logró enhebrar la aguja, con la que cosería el vestido de su cuarto cumpleaños. El de su nena rosa...
El ruido inusual de un chapoteo, la acercó a la orilla, y alcanzó a ver la carita mirando el cielo con ojos desorbitados. Se lanzó al agua en vano, tan inútil, como recuperar la tela flotando en el agua o buscar la aguja enhebrada, caída en los pastizales.
Se quedó sin amor y tuvo miedo, muchísimo miedo a la ausencia permanente que la esperaba, agazapada en las horas por venir.
Como muchas otras veces, le acercaban la bandeja con comida. Ahora no, -decía- estoy muy ocupada.
Los dedos apretaban con fuerza el hilo rosa, para enhebrar la aguja, para coser el vestido, de su nena rosa.

MARGARITA HOEPNER




 



 

 
 

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