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EL
RINCON DE GRACIELA
A
ESCRIBIR NO SE ENSEÑA, SE APRENDE
Es posible guiar a los futuros escritores, darles estímulos,
motivaciones, consignas para detonar sus propias historias.
Y guiarlos en la LECTURA de nuestros escritores,
para encontrar los subtextos, las intenciones ocultas, acaso inconscientes
de los grandes autores.
Por lo tanto nos proponemos combinar la lectura, la escritura
y la Narración oral.
Nuestra propuesta es un taller ACTIVO en el que los integrantes
aprendan a ESCUCHAR, COMENTAR Y COMPARTIR.
Nos proponemos abrir, en agosto, un Taller de Narración:
LA IMAGEN DETRAS DE LAS PALABRAS
Informes: Grace 4855-2091
ENCUENTROS
Tiraba una piedra
y después otra, pausadamente, como en cámara lenta
.
Podía quedarse horas parado en la orilla, sin que el tiempo
pasara.
Los círculos del agua se repetían y lo miraban desde
la superficie amarronada.
A lo lejos se escuchaba el ulular de una sirena, más cerca
una sierra cortando madera rompía la monotonía.
Era la hora de la siesta de una tarde calurosa.
Ramón acarició a su perro, que como todos los días
lo seguía hasta el río.
Sacó de un envoltorio un pedazo de carne asada y lo compartió,
masticando lentamente, para prolongar el almuerzo..
Una risotada lo hizo volver. Miró hacia atrás, más
allá de los ceibos en flor, pero no vió a nadie.
El silencio lo rodeó sólo un segundo, porque risas
entrecortadas se le acercaban.
Giro la cabeza para ambos lados, escudriñando entre el
cañaveral.
Otra vez silencio. Se sintió incómodo. Su perro
ladró nervioso y se escapó entre los juncos.
Dos chicos corrieron riendo detrás de él.
Una silueta de mujer se acercó lentamente, venía
descalza, con un vestido descolorido y húmedo.
“Me llamo Ana” le dijo sin preámbulos. “Te
veo todos los días desde mi casa, acá en la barranca”.
El vió que señalaba una casilla color naranja.
“Los chicos se fueron, vamos, subí que te invito
con un mate”…
La miró intensamente y sin decir palabra apuraron el paso.
Atrás quedó la orilla, el silencio del río,
testigo de ese encuentro que seguiría repitiéndose
todas las tardes del verano.
María
Marta Solanas
EL
ISLEÑO
Le gustaba
mirar el horizonte y tratar de distinguir la línea bien marcada
de Colonia, que en los días claros, se veía con nitidez.
Imaginaba que cruzaba en un velero, uno de aquellos que se aglomeraban
los domingos, con sus velas de colores desplegadas, para llegar
primero.
Nunca había subido a uno pero de tanto observar sabía
de memoria las maniobras para hacerlo virar y poner las velas de
manera que el viento se ocupara de llevarlo.
El motor de la lancha colectiva interrumpió sus pensamientos.
Subió de un salto y se acomodó junto a una vieja de
piel curtida por el frío del invierno, como todos los isleños.
Don Francisco lo saludó de lejos, siempre cargado de paquetes.
Las vecinas de enfrente, con sus libros bajo el brazo partían
para el colegio.
Estela, la gorda del surtidor los saludó con la sonrisa de
siempre y ofreció sus mermeladas caseras. La viuda del Carapachay
compró una, la de ciruelas, que tanto le gustaba y a su vez
sacó de la canasta alfajores de maicena, para dejar a la
venta.
El trueque era frecuente en el Delta. Se cambiaban verduras por
dulces, cestos por frutas.
La Carlota hizo su última escala en la escuelita, frente
a la iglesia, donde bajaron apuradas las vecinas, porque llegaban
demoradas.
Se recostó contra la ventana y miró a lo lejos, otra
vez buscando escapar de su entorno, modesto y rutinario, como su
vida.
Llegó al mercado de frutos, se ubicó en su puesto
y miró otra vez al río color caramelo, imaginando
que lo llevaba lejos, muy lejos.
Ensimismado en sus pensamientos no advirtió que un hombre
corría escapándose con la cartera de una señora
del contingente de turistas que a diario recorrían el lugar.
Cuando escuchó los gritos y el murmullo de voces alteradas,
salió detrás del delincuente, sin dudar un segundo,
cortando camino por los pasillos laterales, tirando a su paso esteras
y canastos hasta que se enfrentó con el ladrón, quitándole
la cartera de un tirón.
Volvió con su trofeo intacto. La señora le agradeció
con frases cortas, emocionada, mientras verificaba su contenido.
De un gran manojo de billetes verdes sacó dos y se los dió.
Con manos temblorosas el isleño los aceptó.
Se iría a recorrer el río en el Catamarán y
quizás mañana cruzaría a la orilla de enfrente.
María
Marta Solanas
DESDE EL FONDO DEL MAR
El
día era diáfano, luminoso desde el perlado color
de la arena hasta el brillo de los árboles.
Las casas de estridentes colores no podían esconderse entre
las montañas.
Sacó la canoa de color rubí, hundiendo sus pies
en el agua tibia y sintió por anticipado el vaivén
de las olas.
Se alejó de la orilla y en ese ir y venir contempló
la bahía que se veía cada vez más chica.
El faro apagado no podía guiñarle el ojo, pero recordó
las noches que se quedaba mirando su luz intermitente, guiando
a los navegantes.
Una ola enorme la hizo aferrarse con fuerza a los remos, para
internarse más adentro.
En el piso de la canoa había flores de jacarandá.
Levantó una y la tuvo unos instantes, pensando cuántas
veces había abrazado con la mirada el manto que cubría
la entrada de su casa.
El panorama de esa costa grandiosa la llenó de satisfacción.
Sonrió y pensó ¡Qué linda es la vida,
Qué linda ha sido Mi vida!...
Las olas movieron una y otra vez su cuerpo ondulante.
Respiró hondo y absorbió la belleza de ese día
y de su entorno.
Dejó los remos y se sumergió lentamente. Mirando
hacia arriba contempló el arco iris a través de
las burbujas.
El silencio la envolvió. La luz seguía filtrándose
a pesar de su descenso.
Sintió un alivio muy grande.
La paz la inundó al pensar en sus seres queridos que no
tendrían que pasar por la desgarradora impotencia de contemplar,
exhaustos, la interminable llegada de su muerte.
No necesitó cerrar los ojos. La oscuridad del fondo del
mar la recibió, con la sonrisa todavía en sus labios.
María
Marta Solanas
EL
ADUANERO
Estamos casi
todos reunidos en el andén de la estación. Da gusto
ver una cantidad de gente tan alegre y dispuesta a festejar. Alina,
la más vieja del pueblo, ella dice que fue la primera en
llegar, nos asegura que puede comunicarse con él y que
le dijo que festejamos la llegada del tren. Y es que, realmente,
pintar tan hermosa la estación y engalanar a todo el pueblo
para que no venga ningún tren sería un despropósito,
así es que yo le creo.
La vieja Alina es muy religiosa, dice que fuimos creados por él
para su gloria; y para su fama y reconocimiento, agregaría
yo, pero no lo digo y me dedico a observar a la multitud. Los
que están en primera fila se saben privilegiados, se les
ve nítidamente la cara de felicidad y que están
listos para agitar sus pañuelos. En una esquina del andén
los miembros de la banda preparan sus instrumentos. Se ven bien
con los uniformes rayados en rojo y negro y están listos
para empezar a tocar.
Un rumor comienza por los que están más cerca del
andén, dicen que ya viene, que se acerca, y sí,
creo que veo algo, un trazo oscuro y rotundo que se va convirtiendo
en pocas pinceladas en una locomotora, el negro morro asomando
por el borde derecho. Y en mi ángulo de visión aparece
su mano izquierda sosteniendo la paleta. Es él, el Aduanero,
Henri Rousseau, pálido, siempre vestido de negro, con la
barba tupida y esa boina achatada hacia un lado de su amplia frente,
que nos mira con ternura mientras retoca delicadamente los detalles
del vagón comedor.
IRENE
FASSI LA
MANO EN LA VENTANA
Tengo
una historia para contar. Es sobre mi compañera de toda
la vida, la que me dio dos hijos, que por suerte son felices pero
que no viven con nosotros hace tiempo.
El despegue de los hijos dio lugar a que se consolidara nuestra
unión, ya que no se nos escapaba que no teníamos
a quién recurrir cuando por nuestra vejez, no nos sentíamos
seguros ni confiados en nuestras propias decisiones.
Aún jubilado, sigo trabajando en el centro- por supuesto
nada que ver con mi puesto anterior- haciendo algunas cobranzas
y trámites.
Todas las mañanas subía al tren de las 9 y al poco
tiempo de salir de la estación, pasaba por los fondos de
mi casa, cercana a las vías y distinguía la única
ventana visible, la que dejamos día y noche abierta, por
el peso que tiene para nosotros la persiana de madera. Detrás
del vidrio y de sus reflejos inasibles, indefectiblemente alcanzaba
a distinguir la mano de mi compañera, que me saluda.
Es un ritual de estos últimos años de a dos.
Fue este invierno que ella enfermó y después de
luchar- creo, no tanto por vivir, sino para no abandonarme- su
cuerpo cansado se rindió ante lo inevitable.
Bajamos, ese invierno, la persiana que nos costaba levantar para
que no se colara el frío impiadoso que azotó la
ciudad. Y no lo van a creer, nunca más la volví
a levantar.
La llegada de los hijos para el funeral postergó el dolor.
Pero les aseguro que al entrar en casa su ausencia dolía
y creo que nunca voy a poder abrir esa persiana en cuya ventana
todos los días, en mis años de vejez, hubo una mano
que me despedía no por siempre, sino hasta el atardecer.
MARGARITA
EL PATIO DE ATRAS
El traqueteo
que hacía vibrar todo se repetía cada diez minutos.
Ya no le prestaba atención, era una rutina dentro de los
sonidos normales. Medio año viviendo en la casa pegada
a las vías la había acostumbrado al ruido y a esa
aparición repetida desde la curva del norte, que al pasar
por el fondo de su patio se transformaba en un manchón
indiferente. Durante el invierno lo había visto por el
ventanal del dormitorio porque el frío y la lluvia le habían
impedido disfrutar del pequeño patio. Los maceteros estuvieron
abandonados pero ahora iba a comenzar a regarlos más seguido,
también planeaba renovar los plantines de flores de verano,
algunas variedades de colores fuertes, para mirar mientras se
sentaba en la reposera.
Hacía unos días que el calorcito se insinuaba y
su plan había sido dedicar el fin de semana a tomar sol.
El domingo, aburrida, durmió casi todo el día, el
calor fue demasiado para la época, se había convertido
en una pegajosa manta. Así que cuando llegó la noche,
desvelada de tanto sueño diurno, se instaló en el
patio con una cerveza helada y una bolsa de papas fritas, a mirar
las estrellas.
Pensó que desde que vivía allí nunca había
estado en el patio a esa hora, tan tarde. Le pareció tranquilo
y sedante, si los vecinos estaban, no se escuchaban sus voces,
igual apenas los conocía, ella estaba poco y era poco sociable.
Acurrucada en la reposera sintió los efectos de la cerveza
y se adormiló. La despertó de golpe la vibración
y el estrépito del tren en la curva del norte. Se preparó
para ver pasar el manchón por delante de sus ojos, casi
al alcance de la mano, tan cerca estaban las vías de las
rejas del patio, cuando un sonido diferente, un chirrido agudo,
se convirtió en freno y el tren se detuvo. Quedó
silencioso, nada se movía afuera ni adentro. Ella llegó
a creer que estaba vacío mientras seguían pasando
los segundo y el silencio se volvía amenazante. Entonces
se abrieron las puertas automáticas. Abandonó la
reposera y se acercó a la reja, consciente, en el fondo
de su cabeza de que debería refugiarse dentro de la casa,
cerrar la puerta de acceso desde el patio, apagar las luces, disimular
su presencia. Sin embargo sus piernas la llevaron hasta el borde
y allí esperó. Una silueta se descolgó del
último vagón, pocos segundos después dos
más lo hicieron desde otro y casi al mismo tiempo, el conductor
asomó medio cuerpo y agitando un puño amenazador,
gritó algo que ella no pudo entender. Lentamente el tren
volvió a marchar, tomó velocidad, y comenzó
a desaparecer.
El primero en bajar era un hombre joven que en un minuto estuvo
frente a ella y pudo ver el miedo en sus ojos oscuros. Antes de
que se diera cuenta él saltó la reja y pasó
a su lado, dentro del patio. Le pidió ayuda, una sola palabra
pero muy contundente, que le ahuyentó las dudas. Sin pensar
lo tomó de la mano y lo guió adentro. Cerraron la
puerta y en silencio, en la oscuridad, vieron a los dos hombres
que lo habían seguido, pararse cerca de la reja deliberando,
preguntándose a dónde podría haber ido tan
rápido. Cuando, después de unos minutos, se aseguraron
que habían seguido camino buscándolo a lo largo
de la vía, se dieron cuenta de que estaban tomados de la
mano. Ella sintió que la soledad la soltaba, que la casa
era cálida, que el verano había llegado antes y
la estaba abrazando. Sintió que los plantines de flores
que iba a sembrar ya perfumaban el aire. Apretó la mano
del hombre y notó que las palmas se acomodaban naturalmente,
y sonrió en la oscuridad antes del beso que le derritió
la boca.
Irene Fassi
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